Pombo fue un poeta romántico subjetivo y un gran defensor del individuo. Como romántico auténtico, decía: “No hay maestro del arte poético más sabio ni más certero que el corazón”. Por ello, experimentó la angustia metafísica, la inquietud del más allá, la nostalgia por el tiempo pasado, la idealización del amor y el sentimiento místico de la naturaleza.

En la poesía de Pombo, lo femenino se confunde con el sentimiento de la naturaleza y ambos se funden ante la presencia divina. Este sentimiento religioso se identifica con la experiencia poética, alcanzando estados de éxtasis místico.

Su poesía romántica también exploró la cultura popular y la exaltación de la patria.

Romántico

Poemas sonoros

  • Amor y ausencia

    ¡Que dulce sabe el amor tras el dolor de la...

    Amor y ausencia

    ¡Que dulce sabe el amor
    tras el dolor de la ausencia
    cuando hay fiel correspondencia
    entre amada y amador!

    Cuando, en su separación,
    cual la amante aguja esclava
    del Norte, siempre apuntaba,
    uno al otro corazón;

    Cuando el sol que alumbra el día,
    ¡día de eterno desearse!
    tan sólo para buscarse
    al uno y otro servía,

    Y la enamorada bella
    soñaba sueños de miel
    con su amado, y jamás él
    soñaba sino con ella.

    Cuando sordos los oídos
    y los ojos con ceguera,
    cuando de su amor no fuera
    les hablaba sin sentidos.

    Y querrían que hasta el viento,
    en todo tiempo y lugar
    les hablara sin cesar
    de su único pensamiento…

    Y la más preciosa estrella
    y el más bello ángel de Dios
    era feo para los dos,
    porque no era ni él ni ella.

    Porque fuera de su amor,
    no había mundo ni vida
    y era hermosura perdida
    cuanto más hizo el Señor.

    No vuelvas ni a mi memoria
    ¡o infierno del mal ausente!
    Con razón dice el creyente
    que ver a Dios es la gloria:

    que el infinito consuelo
    que siento al volverte a ver,
    me dice cual ha de ser
    el de ver al Dios del Cielo.

    ¡Oh Dios! Hasta en tu rigor
    reconozco tu clemencia.
    Por tu bondad es la ausencia
    resurrección del amor.

    ¡Tu no sabes, vida mía,
    cuan bella te encuentro ahora
    y como te ama y te adora
    el que apenas te quería!

    Como el campo al redimido
    bajo de un cielo esplendente,
    o como al convaleciente
    el bocado apetecido.

    ×
  • Vals

    ¡Más y más rápida vuele la música!...

    Vals

    ¡Más y más rápida
    vuele la música!
    ¡Más y más agiles
    giren los pies!

    En abrazo intimo
    locos lancémonos
    a la vorágine
    de la embriaguez.

    Amantes hálitos
    pueblan la atmosfera,
    y al rico estrepito
    cimbra el salón.

    Y de cien lámparas
    los prismas trémulos
    arpas eólicas
    vibrando son.

    Diamantes príncipes
    se eclipsan pálidos
    al ojo fébrido
    de la beldad.

    Y en lunas vénetas
    hierve a relámpagos
    de oro y de purpura,
    su claridad.

    Del valse al ímpetu
    formas angélicas
    despiden ráfagas
    de tentación.

    ×
  • Mi tipo

    La belleza en la mujer no es cuestión del...

    Mi tipo

    La belleza en la mujer
    no es cuestión del Padre Astete,
    y en que el tal molde la mete
    muy bobos nos quiere hacer.

    Tal vez querrá colocar,
    dos o tres hijas tarascas,
    o de amorosas borrascas
    a un hijo alegrón salvar.

    Mas yo entiendo la cuestión
    como estrictamente estética,
    y no ha de tachar de herética
    ni un Santo mi solución:

    Que la norma en la belleza
    es variable y contingente,
    porque cada cual la siente
    según su naturaleza.

    La insípida el tonto adora,
    el sabio la intelectual,
    y cada hombre su ideal
    halla en donde se enamora.

    Yo, por hoy libre y vacante,
    diera el voto a una morena,
    forma esbelta pero llena,
    con faz correcta y picante.

    Ingenua expresión de niña
    con ojos de horno que quemen,
    y labios de esos que tremen
    como provocando a riña.

    Belleza meridional
    de alma y línea decidida:
    no esa inerte y desabrida
    de corderito pascual.

    Acaramelada tez
    más bien que batido blanco.
    tipo ardiente, activo y franco
    no de angélica insulsez.

    Candor de cielo en el rostro
    con un infierno inconsciente,
    algo que encante y que tiente,
    querub con visos de monstruo.

    De monstruo que me devore
    y que a la vez me arrebate,
    que adorándome me mate
    e insultándome me adore.

    Quiero una beldad dramática
    no una sílfide de idilio,
    una Dido de Virgilio
    mas que una Ofelia linfática.

    No una lánguida pasiva,
    igual, pintada hermosura,
    sino agridulce en ternura
    y gratamente agresiva.

    Y sin jugar del vocablo,
    diré que mi musa, en fin,
    ha de ser una serafín
    salpicadito de diablo.

    Abril: 1892

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  • Súplica

    Va entre sombras y luz mi pensamiento, va...

    Súplica

    Va entre sombras y luz mi pensamiento,
    va entre amor y dolor mi corazón:
    verte, es mi bien; no verte, mi tormento;
    y el verte es, ¡ay!, par decirte ¡adiós!

    ¡Ser feliz lo que dura una mirada!
    Ser nuestro amor secreto de los dos,
    ¡y no poder el alma enamorada
    ir a ti en alas de mi triste adiós!

    ¡Ser mío tu corazón, y amando tanto
    darme sólo un relámpago de amor!
    De ese incesante enamorado canto
    ¡sólo escuchar la nota del adiós!

    Mi bien, si me amas tu, si me adivinas
    responde a las tinieblas a mi voz:
    cíñeme así de flores o de espinas,
    ¡pero dame algo mas que un triste adiós!

    Agosto: 1852

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  • El último instante

    Si sólo un instante resta a nuestro amor...

    El último instante

    Si sólo un instante resta
    a nuestro amor desgraciado,
    y si ese instante ha llegado
    para nunca más volver,

    ¡Deja, por Dios, este instante
    que te acaricie y te adore,
    que de amor y angustia llore,
    y que llore de placer!

    Postrer vez tus blandas formas
    sobre mi amante regazo,
    tu cuello sobre mi brazo
    y el otro en torno de ti.

    Locos, atónitos, ebrios,
    en delicioso desmayo,
    pidamos que venga un rayo
    a refundirnos así.

    ¡Al negro umbral de un infierno
    de sufrimiento infinito,
    den nuestras almas un grito
    de inmensa felicidad!

    Que nunca nieguen que amaron,
    que un paraíso perdieron:
    ¡Soñaron cuanto quisieron,
    y ese sueño fue verdad!

    ¡Venga un beso! Y sea más dulce
    que aquel primer dulce beso,
    y el mismo ardiente embeleso
    timbre en tu mágica voz.

    Gocemos cual dos que ausentes
    tornan al fin a abrazarse,
    no cual dos que al separase
    se dan el último adiós.

    ¿Último? No, amada mía,
    que el corazón con que te amo
    fiel a ti como a su amo
    el perro del montañés.

    Del naufragio de la vida
    me rescatará triunfante
    para que venga anhelante
    a deponerlo a tus pies.

    ¿Último? No, que a despecho
    del envidioso destino,
    no ha de faltarme camino
    para volver hasta ti;

    ave de amor que anidaste,
    yo sabré tender el vuelo
    tras del ángel hasta el Cielo,
    tras de la mujer aquí.

    Más mientras llega la hora
    del recuerdo y de la ausencia
    y unida con tu existencia
    veo mi existencia correr;

    ¡Deja, por Dios, este instante
    que te acaricie y te adore,
    que de amor y angustia llore,
    y que llore de placer!

    Abril: 1854

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  • Un beso

    Nube con nube fulminante choca: ¡esa es la...

    Un beso

    Nube con nube fulminante choca:
    ¡esa es la tempestad!
    Estréllanse una boca y otra boca:
    ¡esa es la muerte
    o es la felicidad!
    ¡Dame un beso, alma mía! De esa suerte
    yo ansío en tus brazos desposar la muerte
    con la felicidad.

    Diciembre: 1855

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  • Torbellino a misa

    Tray-la-ra-lá Tray-la-ra-lá...

    Torbellino a misa

    I.

    Ande la rueda
    del torbellino
    Tray-la-ra-lá.

    Es la rueda del destino;
    el que se queda se queda;
    ¡pronto el vecino
    me alcanzara!
    Tray-la-ra-lá.

    Privilegio no se alegra
    en torbellino de amor.

    El primero es el que llega
    y el que llega es el mejor.
    Siga el que pueda
    mi remolino.
    Tray-la-ra-lá.

    ¡Bien venido el que ya vino!
    ¡Bien quedado el que se queda!
    Y ni un comino
    se me dará
    Tray-la-ra-lá

    Sepa que juega el que juega
    el torbellino de amor.
    El que pasa, se relega;
    a un pícaro otro mayor.

    II.

    ¡Y ande la rueda
    del torbellino!
    Si alguien se enreda
    abra camino,
    y como seda
    venga el vecino.
    Tray-la-ra-lá.

    Pero en la rueda
    del torbellino
    sepa el que vino
    que el que se va,
    pronto lo hereda
    quien seguir pueda
    mi remolino
    Tray-la-ra-lá.

    ¡Y ande la rueda
    del torbellino!
    No retroceda
    ni el más ladino.
    Que igual moneda
    se pagará.
    Tray-la-ra-lá.

    Nadie interceda
    por el vecino,
    que en esta rueda
    no hay San Padrino;
    y si mohíno uno queda,
    muerda un pepino
    y por do vino
    se marchará.
    Tray-la-ra-lá.

    Quede el que queda
    siempre que pueda,
    o retroceda
    de su camino.
    Tray-la-ra-lá.

    Que esta es la rueda
    de mi destino
    y ni un comino
    se me dará.
    Tray-la-ra-lá.

    III.

    Siga la rueda
    del torbellino,
    que en la arboleda
    ya rueda el trino
    del gurrumino
    Curruculá:
    el adiyino
    del matutino
    sol asesino
    del torbellino
    cuando en los fino
    ya entrando va.
    Tray-la-ra-lá.

    IV.

    Ya el alba ufana
    sabrosa mana
    su fresco aroma
    de mejorana;
    y la paloma
    dice al palomo:
    piquito romo
    Curruculá

    Ya en los candiles
    luces febriles
    ora levantan
    la llamarada,
    ora se espantan
    de la alborada
    torbellinada
    que andando va;
    y una giñada
    de enamorada
    como embriagada
    la luz no da.
    Curruculá.

    ¡Y ande la rueda
    del torbellino
    que no la exceda
    la de un molino!
    ¡Ande, y suceda
    lo que suceda,
    que esta es la rueda
    de amor dañino
    y todo indino
    la pagará!
    Tray-la-ra-lá.

    ×
  • Valsando

    Casta madonna del siglo trece, en fondo de oro la blanca luna; un cielo inmenso, sin mancha alguna,

    Valsando

    Casta madonna del siglo trece,
    en fondo de oro la blanca luna;
    un cielo inmenso, sin mancha alguna,
    que al que lo mira rejuvenece,
    y en su éter puro nos desvanece,
    dando alas de ángel al corazón;

    y en mis oídos vibrando el rápido
    vals embriagante de aquellos días
    en que girando loca de júbilo
    entre mis brazos amanecías,
    y negra hallábamos el alba hermosa
    que con tus tintas de perla y rosa
    nos daba el toque de dispersión.

    En esta noche, bajo este cielo,
    a sus compases inflamadores,
    que alegre mi alma levanta el vuelo
    y torna al cielo de sus amores,
    y ya percibe tu aura de flores,
    y el dulce peso…

    ×
  • A intacta

    ¿No sientes tú que tu exquisita boca pide otra boca que se estampe en ella, y un mirar que incendiador destella la bomba de los ósculos provoca?

    A intacta

    ¿No sientes tú que tu exquisita boca
    pide otra boca que se estampe en ella,
    y un mirar que incendiador destella
    la bomba de los ósculos provoca?

    ¿Que para cárcel de tu pecho es poca
    esa malla que mórbido atropella;
    y en fin, que cuando Dios te hizo tan bella
    no dijo: «Esto se mira y no se toca»?

    ¿No sientes que tu misma no te sientes
    en todo tu sabor mientras no expriman
    en ti tu rico jugo extraños dientes?

    ¿Y que aguardas los brazos que te opriman
    tal como inerte y mudo aguarda el piano
    de ágil virtuoso la potente mano?

    Octubre: 1898

    ×
  • Estrofa

    Dicen que impreso en las pupilas queda los...

    Estrofa

    Dicen que impreso en las pupilas queda
    los ojos del muerto el matador,
    estoy muerto, no se,
    mas no hay quien pueda los míos borrar.
    Que se lo veda corazón
    La imagen de mi amor.

    ×
  • Preludio de primavera

    Ya viene la galana primavera con su...

    Preludio de primavera

    Ya viene la galana primavera
    con su séquito de aves y flores,
    anunciando a la lívida pradera
    blando engramado y música de amores.

    Deja ¡oh amiga! el nido acostumbrado
    enfrente de la inútil chimenea;
    ve a mirar el sol resucitado
    y el milagro de luz que nos rodea.

    Deja ese hogar, nuestra invención mezquina:
    ven a este cielo, al inmortal brasero;
    con el amor de Dios nos ilumina
    y abrasa como padre al mundo entero.

    Ven a este mirador, ven y presencia
    la primera entrevista cariñosa
    tras largo tedio y dolorosa ausencia
    del rubio sol y su morena esposa;

    ella no ha desceñido todavía
    su sayal melancólico de duelo,
    y en su primer sonrisa de alegría
    con llanto de dolor empapa el suelo.

    No esperaba tan pronto al tierno amante,
    y recelosa en su contento llora,
    y parece decirle sollozante:
    ¿Por qué si te has de ir vienes ahora?

    Ya se oye palpitar bajo esa nieve
    tu noble pecho maternal, Natura,
    y el sol palpita enamorado y bebe
    el llanto postrimer de tu amargura.

    «¡Oh, que brisa tan dulce! –va diciendo-.
    »Yo traeré miel cáliz de las flores;
    »y a su rico festín ya irán viniendo
    »mis veraneros huéspedes cantores»

    ¡Que luz tan deliciosa! es cada rayo,
    larga mirada intensa de cariño,
    sacude el cuerpo su letal desmayo
    y el corazón se siente otra vez niño.

    Esta es la luz que rompe generosa
    sus cadenas de hielo a los torrentes
    y devuelve su plática armoniosa
    y su alba espuma a las dormidas fuentes.

    Esta es la luz que pinta los jardines
    y en ricas tintas la creación retoca;
    la que devuelve al rostro los carmines
    y las francas sonrisas a la boca.

    Múdanse el cierzo el ábrego enojosos
    y andan auras y céfiros triscando
    como enjambre de niños bulliciosos
    que salen de su escuela retozando.

    Naturaleza entera estremecida
    comienza a preludiar la grande orquesta,
    y hospitalaria a todos nos convida
    a disfrutar su regalada fiesta.

    Y todos le responden, toda casa
    abrese al sol bebiéndolo a torrentes,
    y cada boca al céfiro que pasa,
    y al cielo azul los ojos y las frentes.

    Al fin soltó su garra áspera y fría
    al concentrado y taciturno invierno
    y entran en comunión de simpatía
    nuestro mundo interior y el mundo externo.

    ×
  • La tormenta de verano

    Al terrado subí buscando en donde asistir...

    La tormenta de verano

    Al terrado subí buscando en donde
    asistir a la esplendida tormenta,
    fiesta lustral que ansiaba la sedienta
    tierra en la faz mustia y abatida fronde.

    Préndese el cielo. Pálida se esconde
    la noche. El trueno asordador revienta,
    y en toda la ancha esfera turbulenta,
    estruendo a estruendo y luz a luz responde.

    Palestra de titánica porfia
    turbiones y relámpagos destella,
    y ruge y truena en bárbara armonía.

    Rasga el rayo honda grieta, clara y bella
    en la cuarteada bóveda sombría,
    y vislumbrase a Dios a través della.

    Junio: 1870

    ×
  • Barcarola

    Al rayo de la luna, fanal de mi fortuna...

    Barcarola

    Al rayo de la luna,
    fanal de mi fortuna,
    que boga por el rio
    ligero de ola en ola,
    te cantaré, bien mío,
    mi dulce barcarola.

    Al golpe de los remos
    durmamos y soñemos
    que vamos por el rio
    bogando de ola en ola
    cantándote, amor mío,
    mi dulce barcarola.

    ¡Que sueño mas precioso
    que en este tiempo hermoso
    por este mismo rio
    bogando de ola en ola,
    cantándote, bien mío,
    tu dulce barcarola!

    O escucha: no cantemos,
    durmamos o soñemos,
    que al verte al lado mío
    enamorada y sola…
    siguió cantando el rio
    mi dulce barcarola.

    ×
  • Noche de diciembre

    Noche como esta, y contemplada a solas...

    Noche de diciembre

    Noche como esta, y contemplada a solas
    no la puede sufrir mi corazón:
    da un dolor de hermosura irresistible,
    un miedo profundísimo de Dios.

    Ven a partir conmigo lo que siento,
    esto que abrumador desborda de mi;
    ven a nacerme finito lo infinito
    y a encarnar el angélico festín.

    ¡Mira ese cielo!... es demasiado cielo
    para el ojo de insecto de un mortal,
    refléjame en tus ojos un fragmento
    que yo alcance a medir y a sondear.

    Un cielo que responda a mi delirio
    sin hacerme sentir mi pequeñez:
    un cielo mío que me esté mirando
    y que tan sólo a mi mirando esté.

    Esas estrellas… ¡Ay, brillan tan lejos!
    Con tus pupilas tráemelas aquí
    donde yo pueda en mi avidez tocarlas
    y apurar su seráfico elixir.

    Hay un silencio en esta inmensa noche
    que no es silencio, es místico disfraz
    de un concierto inmortal. Por escucharlo,
    mudo como la muerte el orbe está.

    Déjame oírlo, enamorada mía
    Al través de tu ardiente corazón:
    sólo el amor transporta a nuestro mundo
    las notas de la música de Dios.

    Él es la clave de la ciencia eterna,
    la invisible cadena creatriz
    que une al hombre con Dios y con sus obras
    y Adán a Cristo, y el principio al fin.

    De aquel hervor de luz está manando
    el rocío del alma. Ebrio de amor
    y de delicia tiembla el firmamento,
    inunda el creador la creación.

    ¡Si, el creador! Cuya grandeza misma
    es la que nos impide verlo aquí,
    pero que, como atmosfera de gracia
    se hace entretanto por doquier sentir…

    ×
  • Extasis

    ¡Gran noche!... ¡Tanta majestad me aterra...

    Extasis

    ¡Gran noche!... ¡Tanta majestad me aterra
    tanta sublimidad me cusa espanto!
    Dios cobija el misterio de la tierra
    con el misterio augusto de su manto.

    Al son de aquella mística armonía
    la inmensa tierra extático contemplo
    como un cadáver, lívida, sombría,
    bajo la santa bóveda del templo.

    Esta sublime paz que me estremece
    este silencio asombrador, profundo,
    mas bien que una hora mundanal, parece
    la víspera imponente de otro mundo.

    Como una tregua entre la culpa inerme
    y el rayo que se apronta a fulminarla,
    cuando la pobre humanidad se duerme
    Dios desciende en secreto a visitarla.

    ×
  • Siempre

    Bien puede su hojarasca y polvo y hielo...

    Siempre

    Bien puede su hojarasca y polvo y hielo
    acumular los años sobre ti;
    mi corazón sacude el turbio velo,
    y siempre te hallo, ¡oh dádiva del cielo!
    fresca y radiante en mi.

    Porque a mi te envió Él, y yo he guardado
    tu mejor luz en ánfora inmortal,
    porque a cosas de Dios morir no es dado,
    y eres tu claro espíritu encarnado
    en diáfano cristal.

    No hay flor cuyo matiz no degenere
    al pasajero sol que la esmaltó.
    Tan sólo propia luz firmeza espere:
    la perla de la mar se apoca y muere;
    las de los cielos, no.

    Nuestra querida estrella leve gasa
    o negro temporal veló tal vez;
    que ¿a ella el furor que el golfo arrasa?
    Parece cada nubarrón que pasa
    doblar la brillantez.

    La copa del banquete postrimera
    deja el gusto encantado. En tu vergel
    mi hora sonó de juventud postrera;
    y el ángel me hallará, cuando yo muera,
    saboreando tu miel.

    La tarde de la vida, árida y fosca,
    pide un hogar con su genial calor.
    Si él falta, huraño el corazón se embosca
    y la memoria en torno a sí se enrosca
    cual serpiente en sopor.
    Así, vuelta la espalda a lo presente,
    que, sin el ser por quien vivir sentí ,
    es noria vil, bullicio impertinente,
    torno a buscar mi sol, mi cara fuente,
    mi cielo, urna de ti.

    Voy para atrás, pisada por pisada,
    recogiendo el rumor de nuestros pies,
    repensando un silencio, una mirada,
    un toque, un gesto… tanto que fue nada
    y que diamante hoy es.

    Oculta, como en mágica alcancía,
    guardé felicidad para los dos,
    y cuando una vez fue lo es todavía,
    que el sol del alma no es el sol de un día,
    ni es el tiempo, es de Dios.

    Cierta, como la dicha antes de su hora,
    es esta: y tierna cual pasado bien
    que en escondida soledad se llora;
    sacra como deidad que la fe adora
    y ojos de éxtasis ven.

    Hora, hora mismo, en alta noche oscura
    mi aurora boreal, surges aquí.
    Hay resplandor, hay brisa de hermosura;
    alzo a ver y hallo tu mirada pura
    vertiendo tu alma en mi.

    Y ya no media esa impaciencia ingrata,
    ese exceso de luz que impide ver
    y que, al gustar el bien, nos lo arrebata,
    la sal de la amargura hoy aquilata
    el néctar del placer.

    ……………………………………………………………………..

    ¡Ah! cuando osen a ti dardos y afrentas,
    cuando te odies tu misma en tu dolor,
    cuando apagada y lóbrega te sientas
    abre mi corazón. Allí te ostentas
    en todo tu esplendor.

    ¿Dónde esta él? Donde tu estés. Bien sabes
    que fue, por fiel a ti, conmigo infiel.
    Ábrelo, que en tu voz están sus llaves;
    pero, al mirarte en su cristal, no laves
    lo que escribiste en él.

    Diciembre: 1887

    ×
  • Edda Amor

    Era mi vida el lóbrego vacío; era mi corazón...

    Edda Amor

    Era mi vida el lóbrego vacío;
    era mi corazón la estéril nada;
    pero me viste tu, dulce amor mío,
    y creóme un universo tu mirada.

    A ese golpe mis ojos encontraron
    bella la tierra, el ánima divina;
    mundos de sentimientos en mi botaron
    y fue tu sombra el sol que me ilumina.

    Si esto es amor ¡oh joven! yo te amo,
    y si esto es gratitud, yo te bendigo;
    yo mi adorado, mi señor te llamo,
    que otras te den el título de amigo.

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  • Elvira Tracy

    ¡He aquí del año el más hermoso día, digno del...

    Elvira Tracy

    ¡He aquí del año el más hermoso día,
    digno del paraíso! ¡Es el temprano
    saludo que el otoño nos envía;
    son los adioses que nos da el verano!

    Ondas de luz purísima abrillantan
    la blanca alcoba de la dulce Elvira;
    los pajarillos cariñosos cantan,
    el perfumado céfiro suspira.

    He allí su tocador: aún se estremece
    cual de su virgen forma al tacto blando.
    He allí a la madre de Jesús: parece
    estar sus oraciones escuchando.

    ¡Un féretro en el centro, un paño, un Cristo!
    ¡Un cadáver! ¡Gran Dios!... ¡Elvira!... ¡Es ella!
    Alegremente linda ayer la he visto.
    ¿Y hoy?... hela allí... ¡Solamente bella!

    ¡No ha muerto: duerme! ¡Vedla sonreída!
    Ayer, en esta alcoba deliciosa,
    feliz soñaba el sueño de la vida;
    ¡Hoy sueña el de una vida aún más dichosa:

    Ya de la rosa el tinte pudibundo
    murió en su faz; pero en augusta calma
    la ilumina un reflejo de otro mundo
    que al morir se entreabrió para su alma.

    Ya para los sentidos no se enciende
    la efímera beldad de arcilla impura:
    mas, tras de ella, el espíritu sorprende
    la santa eternidad de otra hermosura.

    Cumplió quince años; ¡ay, edad festiva,
    mas misterios y rara; edad traidora!
    ¡Cuando es la niña para el hombre esquiva,
    y a los ángeles férvida enamora!

    ¡Pobre madre! ¡Del hombre la guardaste,
    pero esconderla a su ángel no supiste!
    ¡La vio, se amaron, nada sospechaste
    y en el impensado instante la perdiste!

    Vio al expirar a su ángel adorado
    y abrió los ojos al fulgor del cielo,
    y dijo: -El sacrificio ha terminado.
    ¡Ven vámonos a casa!-, y tendió el vuelo.

    ¡Por eso luce tan hermoso el día
    indiferente al llanto que nos cuesta!
    Hoy hay boda en el cielo; él se gloria:
    ¡La patria de la novia está de fiesta!

    Agosto: 1893

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  • Desespereción

    Mal viajero, mis ojos buscan y ala posada...

    Desespereción

    Mal viajero, mis ojos buscan y ala posada.
    Al comenzar apenas la terrenal jornada
    estoy cansado ya.

    Ni espero, ni deseo mejorar de camino,
    sólo quiero acabar, mal o bien mi destino,
    y a pasar más allá.

    No ha sido el alma mía creada para el mundo,
    me separa su abismo, cada vez más profundo.
    estoy de más aquí.

    Y de todos los bienes que depara la suerte,
    sean bienes o sean males, solamente la muerte
    fuera un mal para mi.

    ---------------------------------------------------------------

    ¡Basta, triste comedia de esperanza y paciencia,
    hipócrita alegría, estólida prudencia,
    mascara de dolor!

    No trato de hacer frases ni de reunir vocablos,
    sino de preguntarte por qué, para qué diablos
    me creaste, oh Señor.

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  • Edda Despecho

    Te amé como la gran naturaleza ama el abrazo...

    Edda Despecho

    Te amé como la gran naturaleza
    ama el abrazo matinal del sol;
    cual la huérfana el nombre de su padre,
    cual la virtud la bendición de Dios.

    Tu para mi eras todo, el cielo, el mundo,
    los sueños, las creencias, el hogar.
    Faltando tu, vivir era imposible;
    contigo amada, inconcebible el mal.

    ¡Ah! Que feliz soñaba ser un día
    cuando «mi esposo» te llamara yo;
    sin más ya que anhelar sobre la tierra,
    mío al fin tu anhelado corazón.

    ¡Por ti adorada, para ti nacida,
    hermosa y buena, y sólo para ti!
    haciéndote el dichoso de dichosos,
    Y aún más dichosa viéndote feliz.

    Viendo en tu amor mecerse mi existencia
    cual nubecilla blanca en cielo azul;
    esposa el más claro de los hombres;
    ¡madre por ti, de hijos como tu!

    ¡Oh recuerdos benditos, oh maldita
    fúnebre realidad! ¡Oh Dios cruel,
    por qué nos prometiste tanta dicha
    para venir a darnos tanta hiel!

    No, Dios no puede ser; tu sólo fuiste.
    ¿Quién, quien te dio la dicha de los dos
    para abismarla así cual niño estúpido
    y como un niño lamentarla hoy?

    Era acaso ridículo juguete,
    insecto vil que se arrastro a tus pies,
    una mujer que alzándote a los cielos...
    Los cielos se vengaron, ¡blasfemé!

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  • La hora de tinieblas

    ¡Oh, que misterio espantoso es este de la...

    La hora de tinieblas

    I.

    ¡Oh, que misterio espantoso
    es este de la existencia!
    ¡Revélame algo conciencia!
    ¡Háblame, Dios poderoso!
    Hay no se qué pavoroso
    En el ser de nuestro ser.
    ¿Por qué vine yo a nacer?
    ¿Quién a padecer me obliga?
    ¿Quién dio esa ley enemiga
    de ser para padecer?

    II.

    Si en la nada estaba yo,
    ¿por qué salí de la nada
    a execrar la hora menguada
    en que mi vida empezó?
    Y una vez que se cumplió
    ese prodigio funesto,
    ¿por qué el mismo que lo ha impuesto
    de él no me viene a librar?
    ¿Y he de tener que cargar
    un bien contra el cual protesto?

    III.

    ¡Alma! Si vienes del Cielo,
    si allá viviste otra vida,
    si eres imagen cumplida
    del Soberano Modelo,
    ¿Cómo has perdido en el suelo
    la fe de tu original?
    ¿Cómo en tu lengua inmortal
    no explicas al hombre rudo
    este fatídico nudo,
    entre un Dios y un animal?

    IV.

    O si es que antes no existe,
    y al abrir del mundo al sol
    tu divino girasol,
    gemela del polvo fuiste,
    ¿qué crimen obrar pudiste?
    ¿do, contra quien, cómo y cuándo
    que estuviese a Dios clamando
    que al hondo valle en que estas
    surgieses tu, nada más
    que para expiarlo llorando?

    V.

    Pues cuanto ha sido y será
    de Dios reside en la mente
    tanto infortunio presente
    ¿no lo contemplaba ya?
    Y ¿por qué, si en él está
    del bien la fuente suprema
    lanzó esa voz o anatema
    que hizo súbito existir
    un mundo en que oye gemir
    y un hombre que de él blasfema?

    VI.

    ¿Cómo de un bien infinito
    surge un infinito mal,
    de lo justo, lo fatal,
    de lo sabio, lo fortuito?
    ¿Por qué está de Dios proscrito
    el que antes no le ofendió,
    y por qué se le formó
    para enloquecerlo así
    de un alma que dice si
    y un cuerpo que dice no?

    VII.

    ¿Por qué estoy en donde estoy
    con esta vida que tengo
    sin saber de donde vengo
    sin saber a donde voy;
    con traidora libertad
    e inteligencia engañosa,
    ciego a merced de horrorosa
    desatada tempestad?

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  • De noche

    No ya mi corazón desasosiegan las mágicas...

    De noche

    No ya mi corazón desasosiegan
    las mágicas visiones de otros días.
    ¡Oh Patria! ¡oh casa! ¡oh sacras musas mías!...
    …¡Silencio! Unas no son, otras me niegan.

    Los gajos del pomar ya no doblegan
    para mí sus purpúreas ambrosías;
    y del rumor de ajenas alegrías
    sólo ecos melancólicos me llegan.

    Dios lo hizo así. Las quejas, el reproche
    son ceguedad. ¡Feliz el que consulta
    oráculos más altos que su dueño!

    Es la Vejez viajera de la noche;
    y al paso que la tierra se le oculta,
    abrese amigo a su mirada el cielo.

    Junio: 1890

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